Requiem para Pablo, el pez beta

Pablo llegó a mi manos el año pasado. Era un pez beta pequeño, tranquilo y a pesar de su nombre, una búsqueda en Google confirmó que era hembra. Conservé el nombre por  la misma razón por la que me quedé con Pablo: porque así lo decidieron mis alumnos.

Pablo fue un regalo de la segunda generación a la que le di clases. Al igual que la primera, resultaron ser unos chicos maravillosos. Un día, a un grupo de alumnos se les ocurrió regalarme un pez. Desconozco la razón del regalo. Inclusive me daba temor que este gesto cariñoso se pudiera malinterpretar. Sin embargo, no fue así.

Pablo llegó a mi vida de sorpresa y de la misma manera se fue. Al final, es el ciclo de la vida. No me duele su partida porque todos los seres vivos tenemos un principio y un fin. Me duele su partida por lo que representaba: a mis alumnos.

Cada vez que veía a Pablo recordaba a mis alumnos: sus sueños, sus esperanzas, sus ambiciones, sus energía al comenzar un nuevo día. Cuando veía a Pablo mi pecho se llenaba de orgullo al recordar como aprendían los chicos a pasos agigantados.

Así que, Pablo querido, puedes descansar en paz. Tu paso por este mundo fue más que un propósito decorativo.

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