FIL 2015

La FIL: el hogar de la literatura en Monterrey

“Está muy lleno”. “¿Para qué vas? Solo hay libros”.

Mi naturaleza testaruda me permite nadar contracorriente, por lo que me aventuré (al estilo Frodo) como todos los años a la Feria de Libro Monterrey. De manera intrépida y sin temor me acerco a un pasillo concurrido:

Escena 1 – Comienza con un proceso similar a “crunching numbers” pero de títulos. Al ver un libro de Borges (pequeño, azul y abandonado) me siento en casa. El volumen del bullicio baja, la temperatura se vuelve agradable y la compañía de gente desconocida es hermosa.

Escena 2 – Me entran unas insaciables ganas de tomar todos y cada uno de los libros y olerlos. Aunque tengan plástico, eso se resuelve fácilmente.

Escena 3 – ¿Y si tuviera una piscina estilo del tío Rico McPato? No necesito nadar, pero sí que incluya estantes y poder acomodarme en mi cobachita de libros y tomarlos uno a uno mientras sueño con sus palabras.

Escena 4 – Los textos y yo convivimos en la misma dimensión. Las palabras alegremente salta en mi lengua, se acurrucan en mis brazos y descansan en mis párpados.

Escena 5 – Entono “Las Mil y Una Noches” de las Flans en mi cabeza (creo). Se las dedico a esas mágicas criaturas que me rodean. Se interrumpe mi viaje cósmico, ese vórtice de felicidad, cuando noto que varios pares de ojos me observan. Mi serenata fue en voz alta (accidentalmente) y además no recuerdo el coro de la canción.

–Se termina el acto–

Me doy cuenta que sólo he elegido títulos para mí. Me excuso aludiendo mi naturaleza humana (egoísta). Mientras hago fila me prometo empujar esos deseo impuros de elegir libros solo para mí. Aún está una persona adelante de mí en “la cola”, entonces comienzo un ejercicio de práctica: “Este libro me gusta para fulanito” “Este para sutanito”.

“¿Va a pagar?” Llevo a cabo el ritual capitalista (intercambio de papelitos de colores sudados por papelitos encuadernados) para encaminarme a la “zona celulítica”  (especímenes de sexo masculino recargados en la pared con celular en mano) mientras espero a que mi hermano salga del baño. Saco mi libreta para poner orden a estos pensamientos y el bullicio aumenta. Borges tenía razón, el paraíso debe de ser una biblioteca. Lástima que no conoció la Feria de Libro, porque ésta es la recepción del paraíso.

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